Publicado originalmente en Revista Latitudes el 21 de junio de 2012.
Artículo de opinión por: Mili Roulet
Las secuelas psicológicas y físicas del conflicto social religioso en Tailandia, no se borran con dinero. Lo que sí compensa en algo el dolor es el respeto a los derechos elementales individuales, a la libertad de religión y a la sincera disposición de comprenderse, aceptarse e integrarse como pueblo, cultural y socialmente.
El conflicto separatista originado en el sur de Tailandia, data de principios del siglo XX cuando el reino de Siam y las fuerzas británicas que allí dominaban dividieron lo que conformaba el sultanato (reino) de Patani. Los territorios que representan hoy día Malasia fueron cedidos a los ingleses, mientras que las provincias del sur (Songkhla, Yala Patani y Narathiwat) fueron gobernadas bajo la soberanía tailandesa.
Las fuerzas encontradas entre los grupos insurgentes que exigen la independencia de las provincias malayo-musulmanas de las budistas; y los grupos que creen en homogeneizar religiosa, política y culturalmente las mismas, tocaron su punto máximo durante 1960 y 1970.
La llegada al poder de Thaksin Shinawatra, en 2001, recrudeció la inconformidad de estos grupos lo que sirvió de antesala al conflicto armado que estalló nuevamente en 2004 y que dejó a su paso más de 5,000 muertos y 8,000 heridos.
Muchos ciudadanos, tanto musulmanes como budistas, son el eje de estas guerrillas que han perpetrado tantos asesinatos, dejando a su paso familias destrozadas y sumidas en una apabullante desesperanza. No todos, porque piensen distinto los unos de los otros, quieren guerra entre ellos.
Los separatistas musulmanes no piensan igual. Estas minorías de las provincias fronterizas del sur de Tailandia, que constituyen el 45 por ciento de los pobres en esta región, demandan poner fin a la discriminación que dicen sufrir por parte de los budistas, quienes constituyen la mayoría.
La situación económica que iba cada vez peor, el tráfico de armas y la represión política que se vivía a raíz del establecimiento de la ley marcial, durante el gobierno de Shinawatra, fueron factores que no aportaron en nada a la resolución de las insurgencias por parte de los grupos rebeldes malayo-musulmanes.
Tal vez con la intención de reivindicarse de alguna manera, el nuevo gobierno tailandés instaurado en el 2011, propuso a las víctimas que perdieron familiares y a los que quedaron en mal estado compensar monetariamente sus pérdidas.
Según el ministro del interior, Yongyuth Wichaidit, en representación de la primer ministro recién electa Yingluck Shinawatra, la promesa de compensar a los afectados por la violencia y tensión suscitadas en estas colisiones se llevará a efecto pero, por fases.
A pesar de que la repartición de dinero para acallar el dolor será por grupos, el gobierno tailandés aseguró que ningún afectado se quedará sin las debidas retribuciones.
Basándose en esta promesa por parte de Shinawatra, el presidente de la subcomisión de Tailandia para la Reconciliación (CVR) y responsable de la repartición de los recursos económicos ofrecidos a las víctimas políticas, Thongthong Chandrangsu, dijo en una reunión de gabinete esta semana, que estas indemnizaciones se comenzarán a repartir entre funcionarios gubernamentales y miembros de medios de comunicación heridos o con discapacidades y a familiares de los que hayan muerto a consecuencia de los conflictos bélicos ocurridos entre 2005 y 2010. Los pobres, deben esperar.
El presupuesto aprobado por las autoridades gubernamentales tailandesas para compensar las víctimas que han quedado vivas a raíz del conflicto político-religioso de las provincias meridionales del país, es de $67,1 millones. No resultaron ser las prometidas (7,5 millones de bat).
Resulta irrisorio, por no decir inhumano pensar que de alguna forma estas compensaciones que hoy ofrece el gobierno de Tailandia a parte de las víctimas de las insurgencias, de la forma que sea, pudieran borrar el dolor y la ausencia. El dinero es un medio mundano y no el remedio que pueda sanar el escozor y las huellas que deja a su paso la incomprensión e intolerancia traducida en sangre.
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